Saltar al contenido
Lilit Centro de Ascensión Vibracional

Saltar antes de mirar

La calma es importante porque es el modo de mantener la presencia que permite darse cuenta de la activación de los samskaras. Los samskaras son patrones condicionados, ciertas secuencias neuronales de valoración y respuesta que se han establecido en la mente y que, cuando se desencadenan, provocan una cadena que se desarrolla autónomamente, sin discernimiento alguno.

El miedo a la serpiente es prudencia. Saltar al ver una serpiente, no. La mejor defensa ante la serpiente es la inmovilidad: lo que no se mueve no se percibe como amenaza, y lo que no es amenaza no se ataca de inmediato.

Hay aprendizaje por la experiencia y aprendizaje instruido. No es lo mismo temer al padre que ha pegado que temer al padre que la madre usa para controlar al niño, poniendo en su mente el concepto de un castigo diferido. Para la madre es intolerable el uso de la violencia física y delega en el padre. El padre, para tener concordia, atiende la petición de la madre y castiga al hijo. A partir de ahí, cuando se interioriza que la advertencia puede tener consecuencias, el niño integra esa instrucción como condicionamiento operante, pues habrá o no habrá castigo, y limita la conducta que exaspera a su madre. Luego, o a la vez, y por la misma razón, empieza a comportarse como su madre quiere. Se convierte en una extensión en el mundo de los miedos y deseos de su madre, a costa de su propia necesidad, que pasa a ser reprimida. De modo que a posteriori se autolimitará en su conducta espontánea y pasará a expresar una conducta estructurada según el patrón aprendido, tanto por castigo como por instrucción.

El ser creativo que vino al mundo como potencial puro queda convertido en un prototipo de los miedos, deseos y condicionamientos de sus padres o de sus figuras sustitutivas. Así se forma un carácter: se concretó para tener un entorno en paz y se convirtió en prisión permanente.

Comentario y reflexión

Comentario elaborado con ayuda de inteligencia artificial.

La serpiente de este texto es la de la tradición del Sankhya y el Yoga: la cuerda que en la penumbra se toma por serpiente. Lo que esa imagen enseña no es que el miedo sea falso, sino que llega antes que el conocimiento. La buddhi, la facultad que valora y decide, tiene dos modos de operar. En uno, mira, discierne y responde a lo que hay; eso es prudencia, y el miedo a una serpiente real forma parte de ella. En el otro, el sánscara dispara la respuesta completa antes de que la mirada haya terminado de ver, y el cuerpo salta ante una cuerda. El salto no es un error de percepción sino un error de secuencia: la valoración almacenada se ejecuta en lugar de la valoración presente. Por eso el texto empieza por la calma. La inmovilidad ante la serpiente no es sólo una estrategia de supervivencia, es la postura de la presencia: quedarse quieto el tiempo suficiente para que la buddhi distinga la cuerda de la serpiente, o la serpiente real de la imaginada, antes de que el patrón decida por uno.

El segundo movimiento del texto es un ejemplo de cómo se fabrica uno de esos patrones. No hace falta que el padre pegue. Basta con que la madre instale la posibilidad de un castigo que ella no ejecutará, y que el padre, por mantener la paz con ella, lo haga efectivo alguna vez. A partir de ahí el niño ya no necesita el castigo: le basta la advertencia, y después ni siquiera la advertencia, porque ha aprendido a anticipar qué conducta la provoca y a suprimirla antes de que aparezca. El sánscara está formado cuando la secuencia completa, desde el impulso espontáneo hasta su inhibición, se ejecuta sola, sin que medie ninguna valoración actual. Y lo que se inhibe no es una conducta aislada sino la espontaneidad misma, la necesidad propia, que pasa a ser sustituida por la conducta que tranquiliza a la madre.

El texto habla de condicionamiento operante, y conviene decir qué es. Es el nombre que dio Skinner al aprendizaje por consecuencias: una conducta que va seguida de algo agradable tiende a repetirse, y una conducta que va seguida de algo desagradable tiende a desaparecer. Se distingue del condicionamiento clásico de Pavlov, donde lo que se aprende es una asociación entre dos estímulos, como la campana y la comida, y el organismo no hace nada, sólo responde. En el operante el organismo actúa sobre el mundo y el mundo le devuelve algo, y es esa devolución la que esculpe la conducta. Hay cuatro combinaciones posibles: añadir algo agradable o quitar algo desagradable, que refuerzan; y añadir algo desagradable o quitar algo agradable, que castigan.

En el caso del niño del texto operan dos de ellas a la vez, y eso es lo que le da su fuerza. El castigo del padre añade algo desagradable a la conducta espontánea, y la hace retroceder. Pero el alivio de la madre, la paz que vuelve a la casa cuando el niño se comporta como ella quiere, es la retirada de algo desagradable, y eso refuerza la conducta sumisa. El niño no sólo aprende a no hacer; aprende a hacer lo que calma. Y hay un tercer elemento que Skinner mismo documentó: cuando la consecuencia no llega siempre sino a veces, cuando «habrá o no habrá castigo», la conducta aprendida es mucho más resistente a extinguirse que cuando la consecuencia es segura. La amenaza diferida e incierta no es una versión débil del castigo, es su versión más duradera. Por eso el sánscara que se forma así no se disuelve cuando el padre deja de pegar o cuando el niño se va de casa: nunca dependió de que el castigo ocurriera, sino de que pudiera ocurrir.

Skinner señaló otra cosa que importa aquí. Hay dos maneras de aprender una conducta. Una es probando: haces algo, te pasa algo, y ajustas. La otra es porque alguien te lo dice: no necesitas que te pase nada, te basta con que te avisen de lo que pasará. Es la diferencia entre aprender por experiencia y aprender por instrucción, que es la que hace el texto. Y las dos no se comportan igual con el tiempo. Lo que se aprendió probando se corrige solo: si el mundo cambia y lo que antes dolía ya no duele, uno lo nota y deja de evitarlo. Lo que se aprendió por aviso no se corrige, porque uno nunca estaba mirando lo que pasaba, estaba mirando el aviso. Eso explica al adulto que sigue conteniéndose como si su madre fuera a enfadarse, cuando su madre ya no está, o ya no se enfada, o hace años que dejó de importar lo que ella pensara. No está respondiendo a nada que ocurra; está obedeciendo una regla que le dieron cuando era niño y que nadie ha venido a retirar.

A esa regla que uno sigue obedeciendo sin que nadie la sostenga ya, la psicoterapia Gestalt la llama introyecto. La palabra viene de tragar: es algo que se recibió de fuera y se tragó entero, sin masticar, y que por eso no se ha hecho propio, sólo se ha quedado dentro. Al principio el niño sabe que la regla es de su madre: la cumple porque ella la quiere. Pero con el tiempo deja de saberlo. La regla ya no suena como «mi madre no quiere que haga esto» sino como «yo no quiero hacer esto», o peor, como «yo no soy de los que hacen esto». La voz ajena ha pasado a hablar en primera persona. Ése es el momento en que la prisión se vuelve permanente: ya no hay carcelero, el preso se vigila solo y además cree que la celda es su carácter. Y lo que no se masticó no se queda quieto: el cuerpo lo rechaza, como rechaza lo que se tragó mal, y como ese rechazo no se puede expresar sin romper la paz, se vuelve contra uno mismo. Ésa es la rabia que el masoquista guarda en los músculos: no es rabia contra la regla, es la regla sin digerir.

Por eso el introyecto es tan difícil de ver. Uno no lo vive como una imposición, lo vive como sus valores, sus gustos, su manera de ser. Y cuando aparece la necesidad reprimida, el impulso espontáneo que la regla prohibía, no se vive como una necesidad legítima sino como una amenaza, como la serpiente del principio. El cuerpo salta antes de mirar. El trabajo consiste en volver a masticar lo que se tragó entero: mirar la regla, reconocer de quién era, decidir si uno la quiere ahora, y quedarse con ella o devolverla. Sólo lo que se ha masticado es propio. Lo demás es la ley de otro funcionando como si fuera la de uno.

Lo que resulta de todo ese proceso es un carácter, y el que aquí se describe se corresponde con uno de los cinco tipos básicos de la caracterología de Reich y Lowen: el masoquista. Es el carácter que se forma por sometimiento a una madre intrusiva y dominante, con un padre que no ejerce autoridad propia sino delegada, y cuya estrategia de supervivencia consiste en contenerse, hacerse pequeño y no provocar. En el cuerpo esa estrategia se vuelve una retención crónica, una musculatura densa que sostiene a la vez la necesidad reprimida y la rabia por haberla reprimido. El texto lo dice con precisión: el carácter se concretó para tener un entorno en paz y se convirtió en prisión permanente. La paz que compró el niño es la presión que paga el adulto, y ésa es la presión con la que trabaja el bioyoga.

Si este texto te ha dicho algo, puedes compartirlo o contármelo.