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Lilit Centro de Ascensión Vibracional

Las dos luces

Salí a preguntar al mediodía, cuando la sombra se recoge a los pies y todo está dicho a plena luz. Miré arriba y dije:

«Sol querido, dame una enseñanza para el mejor bien de todo ser.»

Y el Sol tardó en responder, porque el mediodía no tiene prisa. Luego dijo: brilla eso que eres.

Le pedí que me lo explicara y me dijo que empezara por el final de la frase. Eso que eres, dijo, ni más ni menos. No tienes que agrandarte para que se te vea, ni menguar para no molestar; las dos cosas cuestan el mismo trabajo y las dos dan una luz falsa. Yo doy la que tengo, entera, y la doy siempre igual.

Le pregunté entonces por el brillo, que era la parte que me daba pudor. Y me contestó que le pusiera cuidado a lo que no había dicho. No había dicho brilla sobre alguien, ni brilla para que te vean, ni brilla más que otro. Dijo brilla, y nada más, porque yo no apunto. Reparto mi luz en todas las direcciones a la vez y no elijo a quién le llega. El que quiere se pone al sol y el que necesita recogerse se aparta a la sombra de un árbol, y para eso hice también la sombra y la noche, no como castigo sino como sitio. Yo no lo persigo hasta la sombra ni le pregunto por qué se fue. Eso sería imponer: apuntar, dirigir el haz, exigir que alguien esté donde yo doy. Emitir es otra cosa. Emitir es estar entero en lo que soy y dejar que cada uno se coloque donde pueda.

Luego añadió dos cosas que no le pedí, y fueron las que más me quedaron. La primera: no brillo porque me lo devuelvan. Ninguno de los que ilumino me manda luz de vuelta, y no me apago por eso. Ardo por dentro. Si esperase el reflejo para seguir, dependería de quién me mira, y entonces no sería una fuente, sería una súplica. Y la segunda, dicha casi de pasada: tampoco soy el centro del que todo depende. Ilumino desde mi sitio, y hay mucho girando ahí fuera que no es mío ni me pertenece.

Bajé de aquel mediodía con la mitad, y tardé unos días en darme cuenta de que era la mitad. La descubrí hablando con alguien. Yo ya sabía qué hacer con lo que soy: podía decirlo sin adornarlo y sin pedir perdón, y aquello era nuevo y era bueno. Pero mientras hablaba noté que enfrente había algo hermoso que no sabía nombrar, algo que aquella persona traía y que yo estaba recibiendo sin hacer nada con ello, como quien tiene las manos ocupadas cuando le ofrecen un regalo. El Sol me había enseñado qué hacer con lo mío. Nadie me había enseñado qué hacer con lo que llega.

Así que esperé a la medianoche y salí otra vez. Y dije:

«Lunita querida, dame una enseñanza para el mejor bien de todo ser.»

Y ella me dijo: que tu rostro refleje siempre la mejor versión, lo más hermoso y positivo de quien te habla.

Le pregunté cómo se hacía eso, y me contestó con tres palabras: aprecia eso que ves. Y luego me explicó que apreciar quiere decir dos cosas al mismo tiempo, y que hay que hacer las dos. Apreciar es percibir con finura, distinguir lo que otro no distingue, y para eso hay que mirar despacio y bastante rato. Y apreciar es también tasar, decir cuánto vale una pieza, como hace quien sabe de piedras cuando la levanta a la luz. Ver mucho sin tasar no sirve de nada, dijo, y tasar sin haber visto es opinar.

Le confesé que su enseñanza me había parecido menos que la del Sol, porque él arde y ella sólo devuelve lo que le llega. Se rió, si es que eso hace la luna, y me dijo que mirara bien. Es verdad que no fabrico mi luz, dijo, y sin embargo mírame: brillo de verdad, y hay gente que se orienta de noche por mí y no por él. Y no soy un espejo. Un espejo devuelve todo lo que le echan sin poner nada de su parte, y por eso a nadie le importa lo que piense un espejo. Yo elijo. De todo lo que me llega, decido qué devuelvo, y ahí está mi acto, y no es pequeño: cuando alguien se pone delante de mí puede encontrarse con su mejor versión, y quien decide que sea esa la que vea soy yo.

Le pregunté por las noches en que no se la ve. Me dijo que esas son las mejores y las peores de explicar. Hay noches en que no devuelvo nada, y no es que me haya ido: estoy recibiendo sin dar todavía. Guardo. En esa oscuridad ocurre la parte del trabajo que nadie puede mirar, y de ahí sale luego el ciclo entero. El que devuelve siempre al instante no ha aprendido a escuchar; ha aprendido a contestar rápido, que es otra cosa.

Entonces le hice la pregunta que había ido a hacerle, que era cuál de las dos enseñanzas tenía que seguir. Y me dijo que ninguna de las dos era para ella ni para él, que los astros no necesitan consejos, y que las dos eran para mí. Que el Sol y ella no se reparten el cielo por desacuerdo, sino porque hacen falta las dos cosas, y que en un ser humano ocurre lo mismo pero mucho más rápido: eres sol cuando hablas y luna cuando escuchas, y todo el asunto está en tenerlas las dos a mano en lugar de haber quedado fijado en una.

Le pedí por último que me dijera cómo se hace eso, y ahí las dos enseñanzas se juntaron en una sola frase, y fue la única de toda la noche que no hablaba del cielo. Me dijo: eso no se decide, eso se afloja. Mientras el pecho esté cerrado, tu cuerpo hará lo que aprendió a hacer para sobrevivir, y lo hará por mucho que lo hayas entendido. Vuelve al cuerpo. Recupera la respiración entera y el suelo bajo los pies, y cuando la coraza ceda no te vas a encontrar en calma ni en éxtasis: te vas a encontrar disponible. Y disponible quiere decir esto y nada más que esto: que podrás brillar cuando haga falta brillar y apreciar cuando haga falta apreciar, según lo que el momento pida y no según lo que tu historia dejó grabado.

Volví a casa antes del amanecer, que es la hora en que se les ve a los dos a la vez y ninguno de los dos manda.

El Sol me enseñó a brillar eso que soy, y la Luna a apreciar eso que brillas.