El planteamiento
Por qué trabajamos así
Coexistimos con la hidra. No alimentamos su fuego con nuestro automatismo.
Hay una figura que sirve para nombrar aquello con lo que convivimos. En La Hidra Eterna actualizo el mito de Hércules y la hidra de Lerna. La hidra tenía muchas cabezas y cada vez que se le cortaba una, crecían dos. El problema se multiplicaba justamente porque se le atacaba de frente. Hércules, que era la fuerza, no pudo vencerla solo; hizo falta Iolao, que no cortaba cabezas, sino que veía lo que había que hacer para que el corte fuese definitivo: cauterizar.
Así se comportan las estructuras que organizan nuestra vida. Desde lo físico a lo social, pasando por lo energético, lo psicológico y hasta lo espiritual. Se sostienen solas, no necesitan que nadie las dirija, crecen con la oposición frontal y desacreditan sistemáticamente lo único que las desarma, que es la colaboración entre la fuerza y la visión. Por eso la indignación no basta, y por eso quien se enfrenta a ellas desde la reacción termina, sin quererlo, alimentándolas.
La inversión
Su forma de operar dentro de cada uno no es quitarnos nada. Es torcerlo. El guerrero sigue ahí, pero defendiendo causas que lo traicionan. La sanadora sigue ahí, pero dándose hasta agotarse y creando dependencia. El ser creador crea, pero sólo lo que se puede vender. El sabio busca, pero donde la verdad fue enterrada.
A esto lo llamamos inversión: nuestros dones intactos, funcionando en nuestra contra. La consecuencia es luminosa, y es el motivo de que este centro exista: sanar no consiste en adquirir nada que no se tenga. Consiste en restaurar la función original de aquello que ya se es.
El automatismo
El combustible de todo esto tiene un nombre sencillo: el automatismo. No participamos por maldad ni por falta de información. Participamos porque respondemos antes de percibir. Porque la reacción llega primero y nosotros llegamos después, a justificarla.
Y el automatismo no vive en las ideas: vive en el cuerpo, en el tiempo que tarda la mandíbula en apretarse, en la respiración que se corta antes de que sepamos por qué, en el gesto de retirada o de ataque que se disparó mientras todavía creíamos estar decidiendo. Ese es el fuego que no queremos seguir alimentando.
La presencia
Y aquí está el antídoto, que es una sola cosa y muy exigente: la presencia. No es pensar mejor, ni desconfiar más, ni indignarse con más argumentos, porque esas son otras cabezas de lo mismo. Es el intervalo. El instante que se abre entre lo que ocurre y lo que hacemos con lo que ocurre, y en el que por primera vez hay alguien ahí para elegir.
Ese intervalo no se consigue por convicción. Se conquista en el cuerpo, aflojando lo que estaba contraído, recuperando la respiración entera y el suelo bajo los pies, hasta que aparece un estado que reconoceréis cuando llegue: no calma ni euforia, sino disponibilidad. Poder ir hacia la ternura o hacia la firmeza, hacia el contacto o hacia la retirada, según lo que el momento pida y no según lo que la historia dejó grabado.
El orden del trabajo
De ahí el orden. Primero el cuerpo, porque sin él lo demás es comprensión sin consecuencias. Después el encuentro con otros, porque Hércules e Iolao no se turnan: trabajan a la vez, y la salida estrictamente individual es precisamente la que el sistema premia. Y por último la gracia, esa dimensión de misterio que ilumina toda comprensión y que no se fabrica, sólo se recibe.
Coexistimos con la hidra. No alimentamos su fuego con nuestro automatismo. La presencia es el acto más sagrado, el que honra a la vez nuestra naturaleza humana y divina.