Ropas que no son de tu talla
Date cuenta de que tu interés no decae. Pruebas y has probado. No te conformas con las explicaciones generales que visten a muchos y a ti te aprietan. Has estado en varios lugares y te has encontrado con ropajes cosidos para otros que a ti no te sientan bien. Y no entiendes cómo tanta gente se viste con ropas cortadas para otros cuerpos y se siente cómoda llevándolas. Es absurdo. Cada cuerpo, cada tipo de cuerpo, lleva su patrón. Y sin embargo se seleccionan ciertas tallas estándar que luego obligan a los cuerpos a ajustarse. Pasa continuamente: la normalización y la estandarización generan innumerables casos particulares que no encajan.
Lo ves en la ropa y en la moda, y lo ves en la ideología que pide consentimiento pleno. Es la diferencia entre ser de tal partido y votar a tal partido. Ser del partido implica un cinismo que sobrepasa la capacidad de una autoestima sana: el cínico critica en el otro lo que alaba en lo propio. Eso está muy estudiado y tiene nombre en sociología y en psicología.
Luego están los modelos corporales. Los modistas y las marcas de ropa buscan modelos que luzcan bien sus ropajes. Son biotipos raros y excepcionales, y la consecuencia es una turba de personas descontentas con sus cuerpos que pueblan gimnasios, consultas dietéticas e incluso clínicas de cirugía estética. En la espiritualidad es incluso peor, y ni que decir en las religiones. Cuando se juntan una doctrina y la falta de criterio, la consecuencia es terrible. Así vemos la distancia enorme, en algunos casos, entre el fundador, que en realidad nada fundó, y sus seguidores. O, en otros casos, la doctrina adoptada para situaciones sociales pasadas que trata de entrar con calzador en las realidades modernas.
Tú estás en tensión, pues no has encontrado dónde descansar y tu búsqueda no termina. El afán de búsqueda de la verdad supera al instinto de pertenencia. Por pertenecer hay quien renuncia a aspectos esenciales de sí mismo: encapsula lo que queda sin atender y continúa su camino pagado de sí mismo, creyendo que ha alcanzado algo firme. Es un autoengaño que no sirve para la evolución y sí para la conformidad. Llevas ropas que no son de tu talla y acabas por sentirte a gusto con ellas: y así es en tu cuerpo. En ocasiones, para encajar, has tensado, has disimulado, has contenido, y por repetición te has habituado de tal forma que lo extraño lo has sentido como propio. La tensión no sentida persiste, y sólo vuelves a considerarla cuando se muestra como síntoma. Y mal vamos cuando el síntoma se toma como causa y no como efecto de lo que estuvo en el origen.
Comentario y reflexión
Comentario elaborado con ayuda de inteligencia artificial.
El mensaje usa una sola imagen, la talla, y la lleva de la ropa a la doctrina sin cambiar de paso. Conviene detenerse en algo que el mensaje no distingue porque no lo necesita: hay desajustes que nadie busca y desajustes que le convienen a alguien. Toda norma, por buena que sea, produce casos que no caben; eso es estructural y no tiene autor. Pero cuando una marca escoge biotipos que casi nadie tiene, o cuando una doctrina se impone con calzador, el desajuste es funcional: alguien vive de que no quepas. El mensaje los pone en el mismo continuo, y hace bien porque el efecto sobre el cuerpo es el mismo, pero al leerlo conviene no confundir uno con otro, ni ver intención en toda norma, ni disculpar toda industria como efecto inevitable.
La figura del fundador que nada fundó es la que más pide ser abierta. Lo que el fundador tuvo fue una experiencia con sus propias medidas, intransferible como lo es la medida de un cuerpo. El patrón no lo sacó él: lo sacaron después quienes midieron desde fuera lo que él vivió desde dentro. Por eso no fundó nada; vivió. La fundación es obra de los sastres posteriores. Esto tiene una consecuencia poco cómoda: la distancia entre fundador y seguidores no es un desgaste progresivo sino que está ya en el primer acto de medir, y la fidelidad a la doctrina acaba midiéndose por el grado de ajuste y no por el grado de experiencia. Cuanto mejor te sienta la doctrina, más lejos estás del cuerpo del que salió. De ahí que la pregunta útil ante cualquier enseñanza no sea si es verdadera, sino de qué cuerpo salió y qué medidas se tomaron.
Sobre el cinismo del que critica en el otro lo que alaba en lo propio, el mensaje dice que está estudiado y tiene nombre. Lo tiene: Henri Tajfel mostró, con sus experimentos de grupo mínimo, que basta asignar a las personas a grupos arbitrarios para que empiecen a favorecer al propio y a juzgar con doble vara al ajeno, y de ahí nació con John Turner la teoría de la identidad social. Thomas Pettigrew le puso nombre al sesgo concreto, el error último de atribución: lo bueno del mío lo explico por su carácter, lo bueno del otro por las circunstancias, y al revés con lo malo. Sloterdijk, desde la filosofía, lo llamó falsa conciencia ilustrada, saber lo que uno hace y hacerlo de todos modos. Pero el nombre que mejor conecta con lo que el mensaje describe es el de proyección: lo que he tenido que encapsular para caber en la talla lo reconozco con nitidez en el otro, y lo ataco allí porque allí no me compromete. El cinismo no es una falta moral; es la forma en que lo encapsulado se defiende de ser visto. Por eso la crítica del cínico es tan precisa.
Donde el mensaje puede leerse mal es en la frase que opone el afán de verdad al instinto de pertenencia. Leída de prisa parece decir que buscar la verdad obliga a no pertenecer. No es eso. Lo que el mensaje critica es pertenecer a una talla: un grupo reunido alrededor de un patrón que exige de todos el mismo ajuste, donde lo que no cabe hay que encapsularlo para seguir dentro. Hay otra pertenencia, la de un grupo reunido alrededor de una práctica de tomar medidas, donde nadie lleva la misma talla y lo que se comparte es el método. Ahí lo que no cabe no se encapsula; es el material con el que se trabaja. El afán de verdad no vence al instinto de pertenencia, cambia aquello a lo que se pertenece.
La frase sobre sentirse a gusto con una ropa que no es tuya parece una advertencia, pero describe cómo se pierde una señal. La ropa que no es de tu talla aprieta, y ese apretar es lo único que te dice dónde está tu medida real. Si te acostumbras, deja de apretar, pero no porque la ropa haya cedido sino porque has cedido tú. Y con el malestar se va también la información: sentirse a gusto ya no significa haber encontrado tu talla, sino haber olvidado cuál era. Por eso el mensaje insiste en que tu tensión no ha decaído. No haber encontrado dónde descansar no es una carencia; es la señal de que todavía notas dónde aprieta.
El último párrafo lleva la imagen a donde ya no es imagen. En la ropa el patrón y el cuerpo son dos cosas, y siempre queda la posibilidad de desvestirse. En el cuerpo no hay dos cosas: la talla se ha hecho carne. Una tensión que se sostiene para no sentir algo, para caber en una situación que no admitía lo que sentías, se repite hasta que deja de ser un acto y se convierte en estructura. Primero es una contracción que haces, luego una que tienes, luego una que eres, y la llamas tu postura o tu carácter. Ese es el punto exacto en que lo extraño se siente como propio, y en que la ropa deja de apretar. Lo que no se siente no se regula: no se suelta cuando ya no hace falta, el tejido se adapta a sostenerlo, la respiración se acomoda a la caja que tiene, y con los años la solución se convierte en lesión. Entonces aparece el síntoma, y con él la tentación que el mensaje señala: tratar el síntoma como si fuera el problema, estirarlo, medicarlo, operarlo, cuando es sólo el lugar donde una tensión antigua ha vuelto a hacerse audible. El síntoma no es la causa, es la señal que regresa después de mucho tiempo callada. Pero conviene decir también que el sastre aquí no es otro, eres tú, y cosiste con buen motivo: aquella contracción fue lo mejor que el organismo supo hacer para seguir perteneciendo sin romperse. Por eso el trabajo no consiste en arrancarse una ropa ajena ni en silenciar el síntoma, sino en seguirlo hacia atrás hasta lo que estuvo en el origen, recuperar la sensación de apretar donde ya no se nota y devolver la señal antes de devolver la forma. Una tensión que todavía duele es una tensión viva y puede deshacerse. La que ya no duele es la que hay que ir a buscar.
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