La mirada que observa el juego
Entiendes en primera persona lo que es la incertidumbre y lo difícil que es mantener la calma y el centramiento estando en ella. La incertidumbre no es sólo cosa de quien no tiene; también afecta a quien tiene. El miedo a perder es también generador de dificultades. Esa es la función sistémica de la inflación: impide que el que tiene esté tranquilo. El capitalista que huele nuevos mercados y arriesga también tiene, y teme perder su inversión. Los servidores temen que sus amos pierdan su posición y son defensores de sus intereses más allá de lo razonable.
Por otra parte, hace ya tiempo que se perdió la noción de estar en ese juego. Realmente, para la mayoría, lo que impera es la noción de interés propio, cuando realmente se está jugando un juego antiguo del que no existe recuerdo del inicio.
Por otra parte, para quien sabe navegar la incertidumbre sin caer en el miedo, esta se presenta como proveedora de experiencias clarificadoras de la realidad de la existencia: vivir en un juego del que se desconoce el objetivo o fin último, cada cual persiguiendo sus afanes personales sin ser consciente de que no son más que distracciones y que lo único realmente importante es la mirada que observa el juego.
Quien no ha tenido experiencia de mente aquietada o expandida ni se imagina el mundo de posibilidades que están al alcance de la mano. Y al mismo tiempo no existen certezas, porque la distancia entre la locura y la realización no es excesiva.
Observa la doble acepción de la palabra iluminado. En algunos contextos habla de aquel que tiene unas convicciones o certezas que no se sostienen en evidencia alguna y además implican menoscabo de su integridad cognitiva. Y, del otro, la acepción no invertida: el que al fin puede ver y se sabe luz transitoriamente hospedado en una vida humana.
Jofiel
Comentario y reflexión
Comentario elaborado con ayuda de inteligencia artificial.
Comentario de la canalización basado en el conocimiento académico, filosófico y de las tradiciones espirituales, elaborado con inteligencia artificial y revisado por el autor.
El mensaje abre desplazando la incertidumbre del lugar donde se la suele situar. La asociación habitual la coloca del lado de la carencia, en quien no sabe si mañana tendrá; el texto la extiende a quien ya tiene y la hace descansar sobre el miedo a perder. Esta asimetría tiene nombre en la investigación: Daniel Kahneman y Amos Tversky1 la formularon en 1979, dentro de la teoría prospectiva, como aversión a la pérdida, la constatación experimental de que perder una cantidad duele bastante más de lo que alegra ganar esa misma cantidad. Las tradiciones contemplativas lo habían descrito desde otro ángulo. El budismo distingue, dentro de dukkha, un sufrimiento propio del cambio, el que acompaña a lo agradable precisamente porque es perecedero, y sitúa su raíz en upādāna, el aferramiento. Los estoicos, con Epicteto a la cabeza, hicieron de la distinción entre lo que depende de uno y lo que no depende el eje de la tranquilidad, y contaban la posesión entre lo segundo. Lo que el texto añade a ese fondo común es que el que tiene no está más a salvo que el que no tiene, sino expuesto a otra forma de la misma inquietud.
La atribución a la inflación de una función sistémica, la de impedir que el que tiene esté tranquilo, es una tesis formulada desde un marco funcional, el que lee los mecanismos por lo que producen y no por lo que los causa. La teoría económica convencional la lee de otro modo: Milton Friedman (Nobel de Economía en 1976) dejó la fórmula de que la inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario2, y en ese marco es un efecto, no una función. Hay, sin embargo, una línea dentro de la propia economía que se acerca a la lectura del texto. John Maynard Keynes, en el capítulo final de la Teoría general de 1936, habló de la eutanasia del rentista, la desaparición progresiva de quien vive de que su capital se mantenga quieto, y Silvio Gesell (comerciante y economista germano-argentino, 1862-1930) había propuesto antes un dinero que perdiera valor con el tiempo para obligarlo a circular, idea que se llevó a la práctica en la ciudad austriaca de Wörgl en 1932. En ambos casos la erosión del valor guardado se piensa como algo que pone en movimiento a quien tiene, que es exactamente lo que el texto describe, aunque leído allí como política deliberada y aquí como pieza de un juego mayor.
La frase sobre los servidores que defienden los intereses de sus amos más allá de lo razonable tiene una genealogía larga. Étienne de La Boétie (humanista francés y amigo de Montaigne, 1530-1563) la planteó en el Discurso de la servidumbre voluntaria, escrito hacia mediados del siglo XVI, donde observa que el tirano se sostiene menos por su fuerza que por una cadena de subordinados que obtienen de él su propio lugar y por eso lo protegen con más celo que él mismo. Hegel, en la dialéctica del amo y el esclavo de la Fenomenología del espíritu, describió la dependencia recíproca de ambas posiciones, y Antonio Gramsci (pensador marxista italiano encarcelado por el fascismo, 1891-1937) llamó hegemonía al consentimiento activo de quienes no se benefician de un orden con el mantenimiento de ese orden. El texto recoge el rasgo común a todas estas lecturas, que el miedo del que sirve no es a su propia pérdida sino a la del amo, y que de ahí nace una defensa que excede lo que el propio interés justificaría.
Que se juega un juego antiguo cuyo inicio nadie recuerda es una idea con correspondencias directas en varias tradiciones. En el pensamiento indio, līlā designa el juego divino, la manifestación como despliegue sin otro propósito que el propio jugar, y Alan Watts (divulgador británico del zen y del pensamiento oriental, 1915-1973) la tradujo para el lector occidental como un juego de escondite en el que lo absoluto se olvida de sí para volver a encontrarse. Heráclito dejó en el fragmento 52 la imagen del tiempo como un niño que juega a los dados. El olvido del inicio tiene su versión gnóstica en el Himno de la Perla, incluido en los Hechos de Tomás, donde un príncipe enviado a buscar una perla a Egipto bebe del alimento del lugar y olvida quién es y a qué fue. En el material de Ra (recibido entre 1981 y 1984 por Don Elkins, Carla Rueckert y Jim McCarty)3 esa misma idea aparece como el velo del olvido, que el material sitúa en la tercera densidad como condición deliberada para que la elección entre servicio a otros y servicio a sí mismo tenga peso: si se recordara el inicio del juego, la elección dejaría de ser una elección. El texto distingue además dos olvidos superpuestos, el del inicio del juego y el de estar jugándolo, y atribuye al segundo el predominio del interés propio como única noción operante.
La inversión que el texto propone, la incertidumbre como proveedora de experiencias clarificadoras para quien la navega sin miedo, tiene antecedentes precisos. Alan Watts tituló en 1951 un libro La sabiduría de la inseguridad, con la tesis de que la búsqueda de seguridad es la fuente de la inquietud que pretende calmar. John Keats (poeta romántico inglés, 1795-1821) habló en una carta de capacidad negativa para nombrar la aptitud de permanecer en la incertidumbre y la duda sin buscar con irritación hechos y razones. En el zen, un caso del Libro de la ecuanimidad recoge la respuesta de Dizang a su discípulo Fayan (maestros chan chinos de los siglos IX y X), que no saber es lo más íntimo, y en la mística cristiana el autor anónimo de La nube del no saber hizo del no saber la vía misma hacia lo que se busca. La diferencia entre estas formulaciones y la del texto está en el énfasis: aquí la incertidumbre no es sólo tolerable, sino reveladora de un rasgo de la existencia, que se vive dentro de un juego cuyo fin se desconoce.
La mirada que observa el juego, declarada lo único realmente importante, es una de las nociones más trabajadas de la filosofía india. El Sāṃkhya la llama puruṣa, la consciencia testigo que contempla los movimientos de prakṛti sin ser ninguno de ellos, y el Vedānta habla de sākṣin, el testigo. Patañjali, en el tercer sūtra del primer libro, sitúa el estado del vidente establecido en su propia naturaleza como resultado del aquietamiento de las fluctuaciones de la mente, el chitta vritti nirodha del sūtra anterior, que es lo que el texto nombra como mente aquietada. Sri Aurobindo retomó la figura del testigo como primera posición de la consciencia que se separa de sus contenidos, y Eckhart Tolle la ha divulgado como la presencia que observa el pensamiento. Que los afanes personales sean distracciones respecto de esa mirada es la consecuencia que estas tradiciones extraen, con distintos grados de radicalidad, de haber puesto al testigo en el centro.
La frase sobre la proximidad entre la locura y la realización toca un debate que tiene presencia tanto en la tradición como en la clínica. Platón, en el Fedro, distinguió una locura de origen divino, theia mania, de la enfermedad, y la contó entre los mayores bienes. Las biografías de místicos están llenas de episodios que su entorno leyó como locura, de Ramakrishna (místico bengalí del siglo XIX, maestro de Vivekananda) en sus primeros años en Dakshineswar a buena parte de los santos estáticos de la tradición cristiana. En la psiquiatría contemporánea, Stanislav y Christina Grof (psiquiatra checo cofundador de la psicología transpersonal y terapeuta, respectivamente) acuñaron en 1989 la expresión emergencia espiritual para las crisis en que un proceso de apertura se presenta con rasgos que podrían confundirse con un trastorno, y el trabajo de David Lukoff (psicólogo clínico estadounidense) llevó a que el manual diagnóstico estadounidense incorporara en 1994 la categoría de problema religioso o espiritual. El texto vincula esa proximidad a la ausencia de certezas: si la distancia entre ambos estados no es grande, nada externo garantiza de qué lado se está.
La doble acepción de iluminado tiene una historia concreta en castellano. El sentido peyorativo procede en buena parte de los alumbrados, el movimiento espiritual del siglo XVI perseguido por la Inquisición, contra el que se publicó el edicto de Toledo de 1525, y se reforzó con los Illuminati fundados en Baviera por Adam Weishaupt (profesor de derecho canónico en Ingolstadt) en 1776, que dejaron el término asociado a lo conspirativo. De ahí el uso corriente que designa a quien se cree depositario de una verdad que nada respalda. El otro sentido recoge lo que las tradiciones llaman bodhi o satori, y en el cristianismo resuena con el prólogo de Juan y su luz verdadera que alumbra a todo hombre. La imagen de saberse luz transitoriamente hospedada en una vida humana tiene su correlato más preciso en la chispa divina de los gnósticos, el spinthér alojado en la materia, y en el ser psíquico de Sri Aurobindo, la chispa del Divino que atraviesa las vidas. El texto llama invertida a la primera acepción, lo que la presenta no como un significado distinto sino como el mismo significado vuelto del revés.
La firma corresponde a Jofiel, que en el registro desde el que se recibe el texto aparece como una consciencia cósmica de sexta densidad que ha asistido a la humanidad en distintas épocas, y cuya asistencia en el último siglo se sitúa detrás del florecimiento del movimiento en torno a los registros akáshicos, labor que no realiza sola sino en compañía de innumerables entidades al servicio de la evolución de la consciencia en todas las manifestaciones de la vida de este universo. La sexta densidad tiene un desarrollo preciso en el material de Ra, que se presenta a sí mismo como un complejo de memoria social de esa densidad y la describe como aquella en la que el amor y la sabiduría, cultivados por separado en la cuarta y la quinta, llegan a equilibrarse en la unidad; y la compañía de muchas entidades al servicio de la evolución tiene allí su correlato en la Confederación de Planetas al Servicio del Infinito Creador, como lo tiene en la teosofía en la Gran Hermandad de los Maestros. El nombre, que en hebreo suele leerse como belleza de Dios, no figura en el canon bíblico; aparece en la angelología tardía y en la magia renacentista, donde Cornelio Agrippa (humanista y ocultista alemán, 1486-1535), en De occulta philosophia, lo registra como Iophiel, inteligencia de Júpiter, y en las enseñanzas del siglo XX vinculadas a la Actividad Yo Soy y a la Summit Lighthouse figura como arcángel del segundo rayo, el de la sabiduría y la iluminación del entendimiento, asociación coherente con el cierre del mensaje, que termina precisamente en la palabra iluminado. En cuanto a los registros akáshicos, el término toma del sánscrito ākāśa, el éter o espacio en que según la tradición india queda impreso todo lo acontecido; la teosofía de finales del siglo XIX lo incorporó a su vocabulario a través de autores como Alfred Percy Sinnett y Charles Webster Leadbeater (periodista y clérigo británicos, respectivamente), y en las lecturas de Edgar Cayce (vidente estadounidense, 1877-1945), en la primera mitad del siglo XX, aparecen como la fuente de la que se nutre la información recibida, que es el punto desde el cual el movimiento se extendió en las décadas siguientes.
El texto se lee junto al diagnóstico de La Hidra Eterna, donde la defensa del amo por el servidor es una de las formas en que la estructura se perpetúa, y junto a la serie sobre la inversión del arquetipo, a la que la acepción invertida de iluminado añade un caso más; la mirada que observa el juego es la misma que la respiración consciente cultiva en BioYoga.
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