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Brazo del campo

La inacción es, de entrada, una de las mejores acciones que se pueden llevar a cabo. Mientras no sepas si tu movimiento nace del apego o de la aversión, estar quieto te pone a favor de lo que hace el campo. El campo es la representación del todo en la materia y, como tal, es la suma y el resultado de todas las operaciones en juego. Ir en contra de lo que el campo presenta es, por tanto, una decisión grave que ha de ser observada con cautela.

Ocurre que, si tu acción surge del desapego, te conviertes en brazo del campo y no del ego. Si tu acción es resultado del ego, seguramente no es un movimiento del campo, pues el ego se mueve siempre por apego o por aversión, y su esencia es la separatividad. Opera dentro del campo, pero contra su coherencia. Y esto vale también para la quietud: la inacción que nace del miedo o del rechazo es aversión disfrazada, y está tan contra el campo como la acción apegada. Lo que cuenta no es moverse o no moverse, sino desde dónde.

Cuando meditas, la cuestión es esta: ¿aprecias tu propia dinámica o la dinámica del campo? ¿Eres desde la separatividad o desde la asunción del campo? Es fácil que sea el ego quien gobierna si, después de meditar, te sientes superior o realizado. El grupo de los realizados es una separatividad sofisticada, pero separatividad al fin y al cabo.

Un campo es, por ejemplo, un cuerpo humano. Una separatividad son las células que se niegan a morir y crecen tumoralmente, con vocación de ser el todo, y acaban por llevar a la cesación del todo por la muerte que provoca su separatividad. El tumor es cuerpo, pero cuerpo vuelto contra el cuerpo. En la humanidad hay demasiados tumores queriendo cambiar el conjunto. Las élites y los grupos sectarios son quizá los más peligrosos.

Comentario y reflexión

Comentario elaborado con ayuda de inteligencia artificial.

El texto reúne cuatro ideas que han sido trabajadas por tradiciones distintas, y lo más interesante es que ninguna de ellas las junta exactamente así. La primera, la inacción como alineamiento con lo que hace el todo, es el wu wei taoísta. Laozi y Zhuangzi describen el no hacer no como pasividad sino como dejar que el Tao actúe sin que la voluntad individual lo contraríe; la imagen del agua que no fuerza y lo vence todo es la misma lógica del texto cuando habla de ponerse a favor del campo. La versión india de esto es el karma yoga de la Bhagavad Gita, que no pide no actuar sino actuar sin apego al fruto, el nishkama karma, y que coincide casi literalmente con la segunda idea: la acción desapegada convierte al que actúa en instrumento de lo total. Krishna le dice a Arjuna precisamente que no es él quien actúa. Y el par apego aversión que el texto señala como motor del ego es el par raga dvesha de Patanjali, dos de los cinco kleshas, de modo que la canalización usa un vocabulario que el yoga clásico fijó hace dos milenios.

La segunda familia es la que piensa el todo como organismo y la separación como enfermedad. El precedente más claro es el estoicismo. Marco Aurelio dice que quien se aparta de la razón común es como una mano cortada del cuerpo, y que el hombre que se separa de la comunidad se separa de la naturaleza del todo; es la imagen del tumor sin la biología moderna. Spinoza lo lleva a la metafísica: no hay nada fuera de la sustancia, los individuos son modos de ella, y el error del hombre es creerse un imperio dentro de un imperio, frase que es casi una definición de la separatividad. Plotino, antes, había descrito la caída del alma como una tolma, una audacia de querer ser por sí misma, que es la vocación de ser el todo que el texto atribuye a la célula tumoral.

La tercera idea, que la realización puede convertirse en una separatividad más fina, es sobre todo budista y zen. La advertencia contra el que huele a iluminación, el hedor del zen, y la noción de Chögyam Trungpa de materialismo espiritual, el ego apropiándose del camino, dicen lo mismo que el texto sobre el grupo de los realizados. Meister Eckhart lo tiene también: el desapego verdadero incluye desprenderse de la propia santidad, y quien se siente en posesión de Dios ya se ha separado de él.

La cuarta idea, el campo como representación del todo en la materia, es donde el texto se acerca más a Aurobindo y a la Madre que a cualquier tradición antigua. Aurobindo describe el ego como conciencia separativa y la evolución como el descenso de lo total a la materia, y la Madre en su yoga celular trabaja exactamente con la célula que se resiste o se abre al conjunto; la analogía del cuerpo y el tumor es de su mundo. Fuera de lo espiritual, David Bohm habla de la fragmentación como la enfermedad del pensamiento y de un orden implicado donde cada parte contiene el todo, lo que apoya la idea de que el campo es suma y resultado de todas las operaciones.

Lo propio del texto, lo que no aparece formulado así en ninguna de esas escuelas, es la frase sobre que el ego opera dentro del campo contra su coherencia, unida a la lectura política del final. Las tradiciones contemplativas piensan la separatividad como error individual; el estoicismo la piensa como daño a la comunidad, pero sin mecanismo. El texto hace las dos cosas y añade que las élites y las sectas son tumores del cuerpo humano, que es una tesis, no una constatación, y que enlaza directamente con La Hidra Eterna: una estructura que se alimenta del conjunto queriendo ser el conjunto.

Conviene mirar también la derivada del campo tal como se usa en psicoterapia gestalt. El concepto viene de Kurt Lewin, que en los años treinta formuló que la conducta es función de la persona y del entorno tomados juntos, y que lo que cuenta no es ninguno de los dos aislado sino la configuración total de fuerzas en el momento presente, lo que él llamó espacio vital. Perls, Hefferline y Goodman tomaron eso y lo radicalizaron: no hay organismo y luego entorno, hay un campo organismo entorno, y el self no es una cosa que esté dentro de la persona sino un proceso que ocurre en la frontera de contacto entre ambos. Malcolm Parlett resumió después los principios del campo en cinco, y dos de ellos importan aquí: todo en el campo está organizado en relación con todo lo demás, y ninguna parte tiene sentido fuera de esa organización. La convergencia con la canalización es clara: la idea de que el campo es la suma y el resultado de todas las operaciones en juego es casi textualmente lewiniana; la regulación organísmica, el supuesto gestáltico de que el organismo sabe lo que necesita si no se le interfiere, es la versión clínica de ponerse a favor de lo que hace el campo; y Arnold Beisser, con su teoría paradójica del cambio, dice que el cambio ocurre cuando uno es lo que es y no cuando intenta ser lo que no es, que es la inacción como primera acción dicha en lenguaje de consulta.

Hay dos puntos donde la gestalt afina lo que el texto dice. El primero es que en gestalt el ego no es el enemigo. Perls y Goodman distinguen tres funciones del self, y la función ego es la que elige, la que dice esto sí y esto no en la frontera de contacto; es sana y necesaria. Lo patológico no es tener frontera sino perderla o fijarla. Perderla es la confluencia, donde no hay diferencia entre yo y el campo y por tanto no hay contacto posible. Fijarla es el aislamiento, donde el organismo se cierra al intercambio y empieza a morir por falta de alimento, que es el tumor dicho en términos de frontera. Lo que el texto llama separatividad sería, en gestalt, una frontera que ha dejado de ser permeable, una gestalt fija que no vuelve al fondo. Pero una frontera permeable es justamente lo que permite ser brazo del campo sin disolverse en él: el desapego no es ausencia de frontera sino frontera que no retiene.

El segundo punto toca directamente lo del grupo de los realizados. Entre las interrupciones del contacto que describe Perls está el egotismo, distinto del egoísmo: es el momento en que, en lugar de completar el contacto, uno da un paso atrás para observarse a sí mismo contactando, y se queda ahí, admirando su propio proceso. Es la interrupción típica de las personas que han hecho mucho trabajo sobre sí: ya no están en el campo, están en el palco mirándose estar en el campo. Sentirse realizado después de meditar es exactamente egotismo en el sentido gestáltico, y Perls lo describió como la interrupción más sofisticada, la que aparece cuando las otras ya se han trabajado. La separatividad sofisticada tiene ahí un nombre clínico.

Donde hay discrepancia de marco es en el alcance. El campo gestáltico es relacional y situado: es este organismo con este entorno ahora. No es la totalidad ni tiene una dirección propia que uno pueda favorecer o contrariar. Cuando la canalización dice que el campo es la representación del todo en la materia, está dando al campo una ontología que la gestalt no le da, y cuando dice que ir contra el campo es grave, está suponiendo que el campo tiene un sentido, cosa que Lewin negaría. La gestalt da el mecanismo de la frontera y las interrupciones; el sentido del todo hay que traerlo de Aurobindo o de los estoicos, no de Perls.

Visto así, se pueden ordenar las teorías en niveles de aplicación, de lo global a lo particular, según el tamaño del todo que cada una toma como referencia. En lo más alto está la totalidad sin más: Spinoza, Plotino, Aurobindo, Bohm. Ahí el campo es la sustancia, el Uno, lo divino descendiendo a la materia, el orden implicado; nada queda fuera y la separatividad es estrictamente una ilusión, porque no hay dónde separarse. Un escalón más abajo está el cosmos como naturaleza ordenada: el Tao y el logos estoico. Aquí el todo ya tiene un modo de hacer, una dirección, y por eso aparece la posibilidad de ir a favor o en contra; el wu wei y el vivir conforme a la naturaleza sólo tienen sentido si el campo hace algo que uno puede acompañar o contrariar. Entre el cosmos y el individuo está el cuerpo social, Marco Aurelio y La Hidra, el colectivo con sus élites y sus sectas como tumores. Luego viene el organismo: el cuerpo como campo, la célula como parte, el tumor como parte que quiere ser el todo; es el nivel de la Madre y de su yoga celular, y el de la imagen central del texto. Por debajo, el campo relacional de Lewin y la gestalt, este organismo con este entorno ahora, la frontera de contacto, las interrupciones. Y en el extremo más particular, el instante intrapsíquico: Patanjali con el apego y la aversión como motores del movimiento, Beisser con el cambio que ocurre al ser lo que se es, el egotismo como la interrupción que se da en el momento mismo de mirarse.

Lo que hace que esto sea una escala y no una colección es que en todos los niveles aparece la misma estructura con nombres distintos: una parte que fija su frontera y pretende ser el todo. Ilusión de ser imperio dentro de un imperio, hybris contra el logos, élite o secta, tumor, aislamiento o gestalt fija, apego o egotismo. Eso es lo que permite leer cada nivel con el vocabulario del vecino, y es lo que la canalización hace cuando salta del cuerpo a la humanidad sin cambiar de lógica.

La escala muestra algo que no se ve mirando un solo nivel, y que cabe proponer como tesis discutible: la gravedad de ir contra el campo no se distribuye por igual. En lo más alto, en Spinoza o en Bohm, ir contra el campo es imposible; la separatividad es un error de percepción, no un daño. En lo más bajo, en el instante gestáltico, tampoco se puede contrariar el campo, sólo interrumpir el contacto, y el que sale perdiendo es uno mismo. Donde ir contra el campo se vuelve grave de verdad, donde una parte puede llevar a la cesación del todo, es en los niveles intermedios, el organismo y lo social. Ahí la parte tiene masa suficiente para dañar al conjunto y el conjunto no tiene tamaño suficiente para absorberla sin consecuencias. Eso explicaría por qué la canalización pone la advertencia justo donde la pone: habla del cuerpo y de la humanidad, no de Dios ni del instante. El mismo gesto, fijar la frontera, es ilusión arriba, interrupción abajo y enfermedad en medio.

Llevado a la aplicación, cada nivel tiene su propia terapia, por así decir. Al instante le corresponde la observación del apego y la aversión antes de moverse, que es la inacción inicial del texto. A la relación le corresponde la frontera permeable, contacto sin confluencia ni aislamiento. Al organismo le corresponde la apertura de la célula al conjunto. A lo social, el diagnóstico de la Hidra y la desarticulación del tumor. Y a la totalidad no le corresponde una acción sino una visión: ver que nunca hubo afuera. Esa última es la que hace posibles las otras, porque sólo quien sabe que no está fuera puede actuar como brazo del campo en los niveles donde la separatividad sí hace daño.

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