Figura y fondo
Hay dos focos principales a los que llevar la atención: lo estructural, presente desde hace mucho tiempo, o lo circunstancial, inmediato y pasajero. Algunos, obsesionados por la forma permanente, se pierden oportunidades que no ven al estar enfrascados en el asunto permanente. Otros, en cambio, nunca parecen conscientes de que la clave está en lo que permanece y no en los brillos efímeros de lo inmediato. Como en el amanecer, las nubes tapan al sol; no se ve, pero sabes que está ahí.
Atender ambos ámbitos es señal de sensibilidad e inteligencia. La sabiduría es precisamente desentrañar cómo se relaciona lo estructural con lo transitorio; ver que se relacionan íntimamente. Decían los ancestros que la vida es el juego de lo divino, Lila, Bhagavan. ¡Reconoces al jugador!
Figura y fondo es una expresión que proviene de la escuela psicológica de la Gestalt, procedente de la Alemania de principios del siglo XX. Una nación llena de sabiduría y sensibilidad que generó una de las mayores atrocidades del siglo. Puede que aquello nos explique el concepto de figura y fondo. En el fondo está tu historia, el país, la familia, y cómo aquello se cristalizó en tu carácter. La figura es lo que ocurre ahora, y no puede ciertamente separarse de aquello que fue. Esa es la relación entre pasado y presente: un pasado que, si operas en automático, condiciona cómo vives el presente y, siendo así, ciertamente condiciona tu futuro. ¿En dónde está tu libertad si lo que has de vivir es una respuesta mecánica a lo que fue?
Tras esa pregunta aparece el arte de vivir: reconocer la diferencia entre estructura y suceso, fondo y figura, que se intercambian para encontrar el equilibrio y jugar en el juego divino con toda la presencia posible.
Jofiel
Comentario y reflexión
Comentario elaborado con ayuda de inteligencia artificial.
El texto parte de una distinción que las tradiciones han pensado desde sus orígenes: lo que permanece y lo que pasa. En la filosofía griega es la polaridad entre Parménides, para quien sólo lo inmutable es real, y Heráclito, para quien todo fluye y nadie se baña dos veces en el mismo río. En el Vedanta esa distinción es el primer paso del camino: Śaṅkara (siglos VIII-IX), en el Vivekacūḍāmaṇi, pone como primera condición de quien busca la capacidad de discernir entre lo que permanece y lo que pasa; sin ese discernimiento, dice, no hay por dónde empezar. El budismo, en cambio, convierte la impermanencia (anicca) en una de las tres marcas de toda existencia y hace del aferramiento a la forma permanente la raíz misma del sufrimiento. La historiografía ofrece una versión secular de la misma dualidad: Fernand Braudel, en su artículo de 1958 sobre la larga duración, distinguió el tiempo casi inmóvil de las estructuras, el tiempo medio de las coyunturas y el tiempo breve del acontecimiento, y advirtió que una historia que sólo atiende al acontecimiento se queda en la espuma de las olas. La imagen del sol tapado por las nubes tiene su lugar propio en el Dzogchen tibetano: Longchenpa (1308-1364) y la tradición posterior usan el cielo y las nubes para decir que la naturaleza de la mente no se altera por lo que la cubre; lo que no se ve no ha dejado de estar.
Que la sabiduría consista en ver la relación entre ambos ámbitos, y no en elegir uno, es lo que el texto llama līlā. El término aparece en el Brahmasūtra (II.1.33), donde se dice que la creación es para Brahman como el juego para quien juega, sin finalidad que lo justifique; Śaṅkara comenta el pasaje en ese sentido, y la devoción vaiṣṇava, sobre todo en el ciclo de Kṛṣṇa, hace de la līlā la clave de toda la manifestación. Bhagavān, el Señor, es el nombre del que juega; la pregunta del texto, si se reconoce al jugador, remite al Bhagavad Gītā X, donde Kṛṣṇa enumera sus manifestaciones para que Arjuna aprenda a verlo en ellas. Alan Watts transmitió la idea al público occidental en la segunda mitad del siglo XX con la fórmula de que el universo es el escondite que lo divino juega consigo mismo. El texto usa līlā como término de relación: lo estructural y lo transitorio no son dos realidades sino dos lecturas de un mismo juego.
Figura y fondo es, en efecto, un concepto de la Gestalt. Lo formuló el psicólogo danés Edgar Rubin en 1915, con las figuras reversibles que llevan su nombre, y la escuela de Berlín —Wertheimer, Köhler, Koffka, a partir del artículo de Wertheimer de 1912 sobre el movimiento aparente— lo integró en una teoría de la percepción según la cual el todo organiza a las partes. Laura Posner se formó en esa psicología en Frankfurt con Adhémar Gelb y Kurt Goldstein y, junto a su pareja Fritz Perls, con quien se exilió en 1933, trasladó el concepto a la terapia: la necesidad dominante emerge como figura sobre el fondo del organismo, se satisface y vuelve al fondo para que otra figura surja. Ella aportó la base gestáltica y fenomenológica del método y escribió partes de Ego, Hunger and Aggression (1942) sin figurar como autora; Gestalt Therapy (1951), firmado por Fritz Perls, Hefferline y Goodman, tampoco la nombra, y fue ella quien fundó y sostuvo el Instituto de Nueva York desde 1952. La observación del texto sobre la nación que generó a la vez esa sabiduría y la atrocidad es una tesis del propio texto, no un dato de la historia de la psicología, pero conviene registrar que los fundadores de la Gestalt —Wertheimer, Köhler, Koffka, Lewin, los Perls— emigraron casi todos entre 1933 y 1935, expulsados por la llegada del nazismo al poder y por las leyes que apartaban a los judíos de la universidad, y que el concepto se desarrolló fuera del país que lo vio nacer.
La idea de que el fondo es la historia, el país y la familia cristalizados en el carácter tiene correspondencias precisas. Wilhelm Reich, que salió de Berlín en 1933 por la misma razón, describió en Análisis del carácter (1933) el carácter como coraza: una estructura defensiva crónica, inscrita en la musculatura, que la biografía ha fijado y que determina la forma de toda reacción presente. Pierre Bourdieu llamó habitus a esa cristalización vista desde la sociología, estructuras estructuradas que funcionan como estructuras estructurantes, de modo que lo social se vuelve cuerpo y disposición. En el yoga clásico el fondo son los saṃskāra, las impresiones latentes que, según los Yoga Sūtras de Patañjali (IV.9), persisten aunque medien entre ellas nacimientos, lugares y tiempos, y las vāsanā que las alimentan. Jung amplió el fondo hasta lo colectivo con el inconsciente colectivo y sus arquetipos; Bert Hellinger, con las constelaciones familiares, lo redujo al sistema familiar y sus lealtades invisibles; la epigenética reciente, con los trabajos de Rachel Yehuda sobre descendientes de supervivientes del Holocausto, estudia cómo el fondo se transmite también biológicamente.
Que el pasado en automático condicione el presente y por él el futuro es la enseñanza central de Gurdjieff, tal como Ouspensky la transcribió en Fragmentos de una enseñanza desconocida (1949) y Jeanne de Salzmann, su heredera, la mantuvo viva durante medio siglo: el hombre es una máquina, todo le sucede, y la libertad empieza con la observación de la propia mecanicidad. Krishnamurti dijo lo mismo desde otro marco en La libertad de lo conocido (1969): la mente que responde desde la memoria sólo repite. El conductismo describió la mecánica misma de esa respuesta —el condicionamiento clásico de Pavlov, el operante de Skinner—, y la neurociencia actual, con la reconsolidación de la memoria que Bruce Ecker ha llevado a la clínica en la terapia de coherencia, ha mostrado que las huellas emocionales que gobiernan la respuesta automática pueden reabrirse y reescribirse cuando se reactivan junto a una experiencia que las contradice. La pregunta del texto por la libertad se lee en Spinoza, para quien libre es quien comprende la necesidad que lo mueve, y en el budismo del origen dependiente, donde ver la cadena de condiciones es ya empezar a soltarla.
El arte de vivir con que el texto responde a esa pregunta tiene nombre en la filosofía antigua: Pierre Hadot mostró en Ejercicios espirituales y filosofía antigua (1981) que estoicos y epicúreos entendieron la filosofía como un modo de vida y no como un sistema, y Epicteto fundó ese arte en la distinción entre lo que depende de nosotros y lo que no, que no coincide con la de estructura y suceso pero la atraviesa. La imagen de la figura y el fondo que se intercambian es la de las figuras reversibles de Rubin llevada a la existencia: el ciclo de contacto de la terapia Gestalt, en el que cada figura vuelve al fondo, y la presencia de Eckhart Tolle, para quien el ahora es el único lugar donde el pasado deja de operar como automatismo.
La firma es la de Jofiel, cuyo nombre se suele interpretar como «belleza de Dios». En la tradición angelológica occidental aparece en listas tardías de arcángeles. En la Filosofía oculta de Cornelio Agripa (1533) figura como Iophiel, la inteligencia de Júpiter. En la corriente de los Maestros Ascendidos del siglo XX, Jofiel es el arcángel del segundo rayo, el de la iluminación y la sabiduría. En el registro desde el que se recibe el texto, Jofiel es una consciencia cósmica de sexta densidad que ha asistido a la humanidad en distintas épocas y que en el último siglo ha impulsado el movimiento de los registros akáshicos. En el marco del material de Ra, la sexta densidad es aquella en que el amor, propio de la cuarta, y la sabiduría, propia de la quinta, alcanzan el equilibrio en la unidad.
Es también el trabajo del BioYoga: la respiración consciente como forma de dejar que el fondo —la coraza, el carácter con que se trabaja en la caracterología— emerja como figura y pueda ser vivido con presencia en lugar de repetido.
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