En el Libro del Amor todas las letras están escritas con ternura
Volvemos a la acción concreta. Las tradiciones insisten en la no acción como una respuesta prudente. Hemos explicado antes que la no acción permite sintonizar el campo y actuar desde y para el campo, pues la unidad subyace a todo lo existente. En lo último, solo un propósito anima la acción. El ego, sin embargo, parte de un error ontológico, y tal error es la separatividad o egoicidad. Aquí el propósito desde el que se actúa ya no es el del campo, sino el del propio ego, y fácilmente irá en contra del propósito del campo. Algo así como el niño que necesita ser motivado a madrugar para ir a la escuela, pues desde su ego eso de aprender no es una necesidad. Más allá de que esto sea discutible, la analogía es clara.
Lamentablemente, la mayoría de los componentes egoicos implican males colectivos. El mundo produce alimento de sobra para alimentar a toda la humanidad y, sin embargo, hay hambre en el mundo. La academia produce conocimiento que permitiría un equilibrio ecológico con la naturaleza y, sin embargo, hay destrucción de hábitats. Detrás de todo eso está el egoísmo, y cómo la suma de los egoísmos particulares genera la disfunción colectiva. Y además la inmensa mayoría no percibe esta ley, ni mucho menos se considera responsable de contribuir al estado del mundo tal cual está.
Ante la duda, recuerda que en el Libro del Amor se escribe con ternura. El Libro del Amor permanece en el Palacio de los Registros Akáshicos como ideal para la expresión de corazones puros. Y todos los corazones son puros. Ocurre que están rodeados y ocultos tras creencias e ideologías turbias, que en origen son justificación del egoísmo. Si has de caminar esta senda del amor, comienza por aplicarla en la relación contigo misma, pues el mundo está lleno de buenas intenciones equivocadas. Si aprendes a tratarte amorosamente, sin cinismo ni hipocresía, puedes luego ir al mundo amorosamente, para mejorarlo, no para aprovecharte de él.
Arcángeles Jofiel y Samuel
Comentario y reflexión
Comentario elaborado con ayuda de inteligencia artificial.
El texto retoma la no acción como respuesta prudente y la sitúa donde las tradiciones la han puesto: no en la pasividad, sino en una acción que no nace del agente. En el taoísmo el término es wu wei, el no hacer forzado que el Tao Te Ching atribuye al sabio y que Zhuangzi ilustra con el cocinero Ding, cuyo cuchillo no se desgasta porque sigue las vetas de la carne en lugar de cortarlas. La Bhagavad Gita lo formula como karma yoga, la acción sin apego al fruto, y Shankara lo lleva a su extremo con la idea de naishkarmya, el estado en que la acción ya no produce ataduras porque nadie se la apropia. Meister Eckhart lo llamó Gelassenheit, el dejar ser, y Simone Weil, en La gravedad y la gracia, habló de una acción no actuante que sólo es posible cuando el yo deja de interponerse. Lo que el mensaje añade es la razón de esa prudencia: la no acción no es abstención, sino sintonía con un campo que es uno, de modo que la acción que de ahí sale es a la vez desde el campo y para el campo. Es la lectura que Sri Aurobindo y la Madre dieron de la Gita, donde el instrumento rendido actúa sin que la acción sea suya, y la que David Bohm formuló en términos de un orden implicado del que cada parte despliega el todo.
El error ontológico que el texto atribuye al ego tiene nombre en casi todas las tradiciones. En el Vedanta de Shankara es avidya, la ignorancia que toma por real lo que es apariencia; en los Yoga Sūtras de Patanjali, asmita, el segundo de los cinco kleshas, la identificación del que ve con el instrumento de ver; en el budismo, la creencia en un yo separado que la doctrina del anatta desmonta. Alan Watts lo resumió con la imagen del ego encapsulado en la piel, y Albert Einstein, en una carta de 1950, habló de la experiencia de sernos separados como una ilusión óptica de la consciencia. Iris Murdoch, en La soberanía del bien, describió el ego como un velo denso e incansable que impide ver lo que hay. El material de Ra habla de la misma cosa como la distorsión original y hace de ella la raíz de la polaridad de servicio a sí mismo. Lo que el texto llama separatividad o egoicidad es, en todos estos marcos, no un pecado sino un error de percepción, y de ahí que el propósito desde el que actúa el ego pueda chocar con el del campo sin que el ego sepa siquiera que hay otro propósito.
La analogía del niño que necesita ser motivado a madrugar tiene su correspondiente en la distinción entre motivación extrínseca e intrínseca que Edward Deci y Richard Ryan desarrollaron en la teoría de la autodeterminación. Maria Montessori había observado antes que el impulso de aprender es propio del niño y que lo que lo apaga es la imposición externa, no la ausencia de estímulo. El propio texto reconoce que la analogía es discutible, y lo es precisamente en este punto: puede que la necesidad de aprender esté en el niño y sea la escuela la que no se le parece. Pero lo que el mensaje usa de la imagen es la desproporción entre el propósito del todo y el del individuo que no lo percibe como suyo.
La tesis de que la suma de egoísmos particulares produce la disfunción colectiva invierte una idea que el pensamiento económico moderno tomó como fundamento. Bernard Mandeville, en la Fábula de las abejas (1714), sostuvo que los vicios privados producen beneficios públicos, y Adam Smith, con la mano invisible, afirmó que el interés propio conduce sin quererlo al bien común. Garrett Hardin describió en 1968 la tragedia de los comunes, donde el beneficio racional de cada uno agota el recurso de todos, y Elinor Ostrom, premio Nobel en 2009, mostró con estudios de campo que las comunidades sí gobiernan sus bienes comunes cuando existen reglas compartidas, es decir, cuando el propósito del campo se hace explícito. Los dos ejemplos que el texto da están documentados: Amartya Sen demostró en Pobreza y hambrunas (1981) que las hambrunas modernas no se deben a escasez de alimento sino a fallos de acceso y distribución, y la FAO lleva décadas constatando que la producción mundial supera lo necesario para alimentar a toda la población. Rachel Carson en Primavera silenciosa (1962) y Donella Meadows en Los límites del crecimiento (1972) mostraron que el conocimiento para el equilibrio ecológico existía y no se aplicaba. La observación de que la mayoría no percibe esta ley ni se siente responsable es la que Hannah Arendt hizo a propósito de la banalidad del mal: el daño colectivo no requiere malvados, sino personas que no piensan en el conjunto.
El Libro del Amor que el texto sitúa en el Palacio de los Registros Akáshicos recoge una imagen antigua. El Apocalipsis habla del libro de la vida; la tradición teosófica, desde Blavatsky y Leadbeater, dio al registro universal el nombre sánscrito de akasha, el éter que todo lo conserva; en las lecturas de Edgar Cayce aparece como el Libro de la Vida y como el Salón de los Registros, el lugar donde ese libro se consulta; Linda Howe, en el movimiento contemporáneo de lectura de registros, describe también un espacio de acceso y unos guardianes. Que el libro esté escrito con ternura y sea ideal para corazones puros remite a la bienaventuranza de los limpios de corazón y a la idea budista de la naturaleza de buda, que el Uttaratantra describe como oro cubierto de barro: la pureza es originaria y lo que la oculta es adventicio. La afirmación del texto de que todos los corazones son puros y que lo turbio son las creencias e ideologías que los rodean es exactamente esa doctrina. Y la precisión de que tales ideologías son en origen justificación del egoísmo coincide con la crítica de la ideología como falsa consciencia que formuló Marx y con la genealogía de la moral de Nietzsche, donde las ideas que nos parecen más nobles sirven a intereses que no confiesan.
Comenzar por aplicar el amor en la relación con uno mismo es un orden que las tradiciones conocen. El mandato de Levítico, amar al prójimo como a uno mismo, presupone el segundo término. En el budismo theravada, Buddhaghosa indica en el Visuddhimagga que la meditación de metta se empieza dirigiéndola a uno mismo y sólo después a los demás. Kristin Neff, desde 2003, ha estudiado la autocompasión como una disposición distinta de la autoestima, con tres componentes: amabilidad hacia uno mismo, sentido de humanidad compartida y atención plena; y ha mostrado que no conduce a la autoindulgencia sino a mayor responsabilidad. Sharon Salzberg hizo lo mismo desde la práctica contemplativa. Lo que el texto llama buenas intenciones equivocadas es lo que el proverbio atribuido a Bernardo de Claraval resume con el camino del infierno, y lo que Iris Murdoch explicó de otra manera: la intención buena no basta sin la atención justa, y la atención justa requiere haber apartado el propio yo. El cinismo y la hipocresía que el texto excluye son las dos formas de trato consigo mismo que la autocompasión mal entendida produce, la dureza disfrazada y la complacencia. Mejorar el mundo sin aprovecharse de él es, en el marco del material de Ra, la definición misma del camino de servicio a otros, y en la Gita, el lokasamgraha, la acción por el sostén del mundo.
La firma es doble. Jofiel, cuyo nombre se suele interpretar como «belleza de Dios», aparece en la tradición angelológica occidental en listas tardías de arcángeles; en la Filosofía oculta de Cornelio Agripa (1533) figura como Iophiel, la inteligencia de Júpiter; en la corriente de los Maestros Ascendidos del siglo XX es el arcángel del segundo rayo, el de la iluminación y la sabiduría. En el marco en que estas canalizaciones se reciben, Jofiel es una consciencia cósmica de sexta densidad que ha asistido a la humanidad en distintas épocas y que en el último siglo ha impulsado la apertura de los registros akáshicos. En el marco del material de Ra, la sexta densidad es aquella en que el amor, propio de la cuarta, y la sabiduría, propia de la quinta, alcanzan el equilibrio en la unidad. Samuel (en las tradiciones se le conoce como Chamuel; Samuel es el nombre con el que se relaciona conmigo) es, en esa misma corriente de los Maestros Ascendidos, el arcángel del tercer rayo, el del amor, y su nombre se interpreta como «el que ve a Dios» o «el que busca a Dios». Que firmen juntos el arcángel de la sabiduría y el del amor en un texto sobre la acción no es casual: es la conjunción que el propio mensaje pide, actuar en el mundo desde el corazón sin dejar de ver.
En este trabajo, la relación amorosa con uno mismo que el texto pone como primer paso tiene un lugar concreto: el cuerpo, al que BioYoga enseña a tratar con la misma ternura que el texto pide, a través de la respiración consciente. Y la disfunción colectiva que el mensaje describe como suma de egoísmos es lo que el diagnóstico de La Hidra Eterna llama saturación: la acumulación en un continente que no crece.
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